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Columan «Que se vayan las vallas» por Pablo Allard

A pocos meses de la llegada del papa Francisco al país, y en medio de la controversia por la organización y financiamiento del evento, tuve la oportunidad de pasear por Santiago a unos amigos extranjeros que visitaban Chile por primera vez. Al llegar al centro y aproximarnos al Palacio de La Moneda, su primera impresión fue que algo extraño estaba por suceder, ya que la totalidad del perímetro de la Plaza “de la Ciudadanía” y la Plaza de la Constitución estaban cercadas por las mal llamadas “vallas papales”. Un amontonamiento de rejas mal pintadas, amarradas entre sí por marañas de alambres oxidados, que más allá de impedir el libre acceso a las explanadas y pastizales que rodean el palacio, ensucian y empañan todos los esfuerzos de diseño urbano y recuperación de fachadas realizados durante los últimos años en el Barrio Cívico.

Mis amigos preguntaron si se trataba de alguna medida especial, una alerta de seguridad o amenaza terrorista. Lamentablemente mi respuesta fue que desde hace una década estas estructuras temporales -al igual que las vergonzosas zonas pagas del Transantiago-, han pasado a ser elementos permanentes de nuestro precario paisaje urbano.

Que se vayan las vallas

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