Andar Santiago es vivir en presencia permanente de la cordillera de los Andes. Las montañas no solo se posan en el horizonte, sino que definen la luz de la ciudad, moldean sus espacios y desafían su clima.
En las últimas décadas, una brillante generación de arquitectos ha mirado hacia estas laderas, no para conquistarlas, sino para entablar un diálogo profundo con ellas. El resultado es una serie de obras significativas, modernas y contemporáneas, agrupadas al oriente de la ciudad; edificios donde los materiales en bruto se disuelven en el paisaje.
En este tercer recorrido, un grupo de siete estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Mainz junto a su profesora, la arquitecta y doctora Marta Pelegrín, exploraron un Santiago redefinido por sus hitos geográficos.
A medida que el agua del río Mapocho se encuentra con la ciudad, el paisaje se suaviza en la extensión del Parque Bicentenario. Aquí, el Centro Cívico de Vitacura (Iglesis Prat Arquitectos) actúa como una puerta monumental que reinterpreta los tradición espacial de la casa patronal a una gran escala urbana. Resguardado por los jardines del parque, el Memorial 9, de Gonzalo Mardones, crea un santuario sagrado y subterráneo de hormigón blanco con dióxido de titanio, y el Restaurante Mestizo de Smiljan Radic desafía la gravedad, equilibrando el peso y la forma entre el verde circundante y la piedra en bruto.
La ruta continuó hacia el innovador diseño corporativo de los edificios Transoceánica y Lo Recabarren (Más Arquitectos), cuyas formas optimizan la orientación solar para maximizar la luz natural y garantizar vistas al exterior desde todas las habitaciones. Además, el tratamiento de fachada cuidadosamente diseñado evita la ganancia o pérdida térmica no deseada.
Ascendiendo hacia la precordillera, el recorrido llega a la extraordinaria Capilla del Monasterio Benedictino, pionera en el estudio de la luz cenital en Chile, y hace la transición hacia la cúpula translúcida con forma de flor del Templo Bahá’í, donde la arquitectura se convierte en un vehículo para el espíritu.
Finalmente, la ruta concluyó en el Edificio de Postgrado de la Universidad Adolfo Ibáñez, que responde a la topografía mediante un juego de volúmenes blancos, con la luz y las sombras proyectadas.
Este no fue un recorrido arquitectónico tradicional por la ciudad. Fue una invitación a bajar el ritmo, a caminar por espacios diseñados para sanar los sentidos y a ser testigos de cómo el hormigón, el vidrio, la madera y la piedra pueden disolverse en una luz pura y etérea a los pies de la cordillera más grande de América.
